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sábado, 22 de octubre de 2011

    El teatro debe proporcionar al espectador verdaderos precipitados de sueños, en los que su gusto       por el crimen, sus fijaciones eróticas, su salvajismo, sus quimeras, su sentido utópico de la vida y de las cosas y hasta su canibalismo desborden en un plano no fingido e ilusorio, sino interior(...) Debe     realizar secretamente, o sea, mágicamente, una suerte de creación total en la que el hombre pueda recobrar su puesto entre el sueño y los acontecimientos.    

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